Superando el límite

30.03.2015

 

7 de la mañana. Suena el despertador. Primer esfuerzo del día, poner los dos pies en el suelo e incorporarse al domingo. Un buen desayuno para comenzar el día, que falta me va a hacer. Dos tostadas de tomate con jamón, un Actimel, té verde y en marcha. Cojo la mochila, 3 barritas energéticas, una botellita de agua, el móvil, los cascos de música y rumbo a Tres Olivos, un barrio de Madrid donde me está esperando mi amigo Juan.

 

Una vez allí, comienza la aventura. Mochila ajustada a la espalda, zapatilla bien atadas, y comenzamos a correr. En los primeros metros se puede sentir el fresquito mañanero de Madrid, aunque es cierto que hoy ha salido un buen día (por fin jeje). Llevamos un kilómetro recorrido cuando comenzamos a salir del barrio de Montecarmelo y adentrarnos en las verdes llanuras del norte de Madrid, al tiempo que aparece un conejo en nuestro camino para darnos los buenos días. El trascurso de los primeros kilómetros es muy apetecible. Se puede ver a lo lejos las cuatro torres cada vez más pequeñas por la distancia. Vamos dejando atrás Madrid dirección El Pardo.

A los 4 kilómetros aparecen las primeras cuestas en el camino, las cuales aprovecho para disfrutarlas subiendo y bajando, como si fueran las únicas que fuera a atravesar. Mientras tanto, Juan lleva un ritmo tranquilo en la subida y muy controlado en la bajada, reservandose para lo que queda por venir. Más adelante me daré cuenta que gastar fuerzas aquí subiendo y bajando a mayor velocidad es de principiantes. Pero no pasa nada, he salido con muchas ganas a disfrutar de la naturaleza.

 

Miro el reloj, veo que ya marca una hora y pienso: “y lo más que hago cuando salgo a correr son 50 minutos”.  Llevamos una hora y Juan me dice que no hemos hecho ni la mitad del recorrido. “La que me

espera”, pienso. Juan es una persona aficionada a este deporte desde hace muchos años. Acostumbrado a realizar recorridos de cientos de kilómetros, de día y de de noche, me va enseñando de su experiencia a la vez que me acompaña en este reto personal.

 

20 minutos más tarde estamos dentro de El Pardo, donde comienza lo emocionante. Subidas y bajadas a través de pequeños senderos entre jaras y alcornoques. Un paisaje fantástico para disfrutar del deporte, con Madrid al fondo por un lado y Navacerrada al otro, donde aún queda nieve del frío invierno. Cuando llevámos apenas 10 minutos más, encontramos un mirador. Momento de parar, coger aire y sacar alguna foto. Las vistas lo merecen. Bebemos un poco de agua y enseguida estamos corriendo de nuevo. Disfrutando como un niño pequeño, sigo bajando por esos caminos donde solo cabe una persona.

Disfruto saltando de lado a lado, deslizándonos entres los pequeños arbustos, saludando a aquellas personas que nos encontramos, a las cuales también les gusta el deporte y que han querido pasar también la mañana en El Pardo con sus bicicletas o animales de compañía. Algo que se echa en falta en Madrid, el comunicarse con las demás personas que te encuentras por la calle, al menos para dar los buenos días.  Seguimos nuestro camino, seguimos sumando kilómetros en las zapatillas.

 

 

Más adelante vuelvo a mirar el reloj y ya marca dos horas, “increíble” pienso. Tengo buenas sensaciones a nivel cardiorespiratorio, y mi motivación está por las nubes. Incluso me animo a subir las cuestas el primero a buen ritmo. Juan me deja, seguro que está pensando que ya le tocará a él más adelante tirar de mi.  En esos momentos empiezan a hablar unos que llevaban callados todo el camino. Los gemelos de mis piernas. Empiezan a decir que no están acostumbrados a correr tantos kilómetros seguidos, que es hora de parar. Y es en esos momentos cuando te das cuenta de lo bonito que es el deporte y de las situaciones en las que te puede poner. “¿Es mi límite?, pienso que no”. Ahora es cuando tiene que entrar alguien en juego, coger las riendas y llevar la iniciativa. Ese es el cerebro. El encargado de decir que no hay dolor. Que a pesar de llevar dos horas corriendo subiendo y bajando cuestas, pocas para los que están acostumbrados a este deporte, pero muy significativas para mí, no es momento de parar. Y te das cuenta de lo importante que es tu aspecto psicológico, ese que la mayoría de los entrenadores o preparadores físicos no tienen en cuenta en sus entrenamientos, pero que para mí es tan o más importante que el aspecto físico, técnico o táctico. Ya da igual la preparación que tengas, los entrenamientos que hayas hecho anteriormente, lo que importa es ser capaz de inhibir el dolor de tus piernas, decir que no vas a parar y seguir hacia adelante empujando fuerte. Es momento de coger una barrita energética, ponerse los cascos de música, elegir el tema favorito y seguir avanzando.

 

Estos son los momentos bonitos del deporte, esos que intentan ponerte al límite, que intentan parar tu camino. La satisfacción de superar estos momentos solamente lo saben aquellos que lo han probado.

Una hora más tarde, sin haber bajado el ritmo, solamente con una pausa de veinte segundos para sacar otra foto, nos encontramos en la última cuesta del camino. Sacando fuerzas de mis piernas, sin saber que aun quedaban, consigo superarla. Momento en el cual se puede apreciar el barrio del que empezamos. Es la meta. Es nuestra meta personal de hoy. Dejando 25 kilómetros a las espaldas, me pregunta Juan que tal estoy. “Yo estoy bien, las piernas no tanto” le digo sonriendo. “Poco a poco” me dice él. Y asi es, poco a poco. Lo que al comienzo del día era un reto, una meta, se ha convertido en un proceso, en un entrenamiento para la siguiente meta.

 

Asi es la vida. Reto a reto. Meta a meta. Asi vamos realizando nuestro recorrido, disfrutando de las bajadas y superando las subidas de la mejor forma posible, sacando fuerzas de donde no las hay. Y es que, como dije en post anteriores, nosotros, y solamente nosotros, somos dueños de nuestro cerebro, de nuestros pensamientos, de nuestras emociones, en definitiva, de nuestra vida.

 

 

En busca del siguiente desafío... 

 

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